De cómo el Príncipe de las Sombras luchó incansablemente para obtener el favor del Rey Sol [Ouran]

Título: De cómo el Príncipe de las Sombras luchó incansablemente para obtener el favor del Rey Sol (parte 3 de 3)
Rating: G
Género: Humor / romance
Parejas: Nekozawa/Tamaki, con algo de Honey/Reiko por ahí.
Personajes: Nekozawa, Tamaki, todo el Host Club, todo el Club de Magia Negra, Kirimi, muñecos varios.
Palabras: 7962
Summary: Umehito tiene grandes planes. Tamaki parece ser inmune a las maldiciones. El resto del universo cree que tiene el derecho... no, el deber de opinar.
Notas: Para [livejournal.com profile] sha_chan. ♥ La pareja es culpa suya. Del largo sólo puedo culpar a lo imposible que es hacer callar hasta a los extras en esta serie. Como de costumbre conmigo, es mucho más humor que romance. Manga canon porque el Club de Magia es amor. Y creo que CCS fue parte de la "educación" de Kirimi (sí, hay príncipes en CCS, y la idea pega con Ouran y todo).
Además: 19 PÁGINAS Y MEDIA EN WORD. ME MEREZCO UN PREMIO. Es tan largo que no me deja subirlo en menos de tres posts; la separación es más por "hasta dónde me deja postear" que otra cosa porque igual se supone que es un one-shot.


Al contrario de todo lo que Tamaki había esperado, la siguiente sesión del Host Club había sido todo un éxito. Era extraño: estaba convencido de que su estado de ánimo iba a arruinarlo todo. Por más que se preciara de ser muy profesional en cuanto a sus actividades de host, esta vez le resultaba imposible ocultar cuánto lo había afectado la misteriosa desaparición de Kuma-chan. Pero a muchas de las chicas parecía encantarles verlo deprimido.

El descubrimiento de que, tan de repente, había pasado de ser el Rey a convertirse en un Trágico Bishounen lo deprimió aún más. Por supuesto, todo el mundo pensó que su expresión de horror era de lo más adorable, y para cuando terminó la reunión ya había perdido la cuenta de todas las chicas que le habían prometido regalarle un nuevo osito hecho a mano, sólo para él. ¡Cómo si algo pudiera reemplazar a su querido Kuma-chan! La insensibilidad de toda esta gente era incomprensible.

La sesión le pareció interminable, algo que casi nunca le sucedía, pero al fin acabó. Incluso él tenía que reconocer que, desde un punto de vista práctico, todo había salido más que bien: nadie se había quejado por el desastre del día anterior, sino que lo habían considerado más bien una especie de aventura, y sólo lo mencionaban para alabar lo bien que se las habían arreglado para solucionarlo todo tan rápidamente y compensarlo con creces. Sin embargo, ni siquiera la certeza de que el mayor peligro había pasado bastaba para mejorar su ánimo. Sus amigos no parecían saber cómo tratarlo, y tenían tanto cuidado en lo que decían o hacían (incluso los gemelos; eso era nuevo) que acabaron por confundirlo aún más.

–Mejor me voy a casa –suspiró–. Nos vemos ma…

De pronto se interrumpió en la mitad de la frase, en el mismo momento en que abrió la puerta. Allí mismo, sentado en el umbral, estaba nada menos que su adorado osito.

–¡KUMA-CHAN! –exclamó, abrazándolo con fuerza y literalmente bailando de felicidad. Los demás tan sólo se quedaron mirándolo mientras daba vueltas por todo el salón.

–Hmmm. Fue aún más rápido de lo que pensaba –dijo Kyouya.

–Neko-chan no es malo. No lo iba a hacer esperar mucho.

–De todas formas –intervino Haruhi, con tono pensativo– es un poco raro que senpai no esté preocupado porque tenga alguna maldición.

Tamaki se congeló inmediatamente. En realidad, ni siquiera había pensado en eso.

–¿M-maldición? ¿Quién podría hacerle una maldición a un inocente osito de peluche?

Ella se encogió de hombros.

–Yo ni siquiera creo en esas cosas, senpai. Sólo me pareció extraño que no se le haya ocurrido. Con todo lo que pasó estos días…

–No estás ayudando –dijeron los gemelos al mismo tiempo. Haruhi los miró con algo de fastidio, pero se quedó callada, de todas formas. Fue Kaoru quien tomó la palabra a continuación.

–Además, seguro que no tiene nada malo. Si Nekozawa-senpai realmente fuera capaz de hacer algo útil, ya le habría funcionado alguno de sus planes, ¿no?

–Si es que a esto se le puede llamar planes –dijo Hikaru–. Aunque lo de ayer sí estuvo bastante elaborado…

–Demasiado. El Club de Magia va a tener que pagarnos todos los gastos, por supuesto.

–Um… ¿planes? –preguntó Tamaki, con algo de retraso. Nadie pareció escucharlo.

–Sólo espero que eso los haga dejar de molestarnos –suspiró Haruhi.

–Si no lo hace, encontraré otro método. Aunque no debería ser yo el que se ocupe de esto, por supuesto.

–¿… pero qué se supone que es "esto"? –insistió Tamaki. Estaba más que claro que esa última indirecta de Kyouya iba dirigida a él, pero no podía solucionar nada si no tenía la menor idea de la que estaba sucediendo.

–… creo que tenemos que decirle, Kyou-chan.

–Hmmm. Sería lo más conveniente, sí.

–¿Eh? ¡Pero eso lo va a arruinar todo!

–¡Kyouya-senpai, prometió esperar a que conociéramos los resultados!

–Bah, yo sólo quiero que todo esto se termine así podemos volver a nuestra vida casi normal…

–¿Van a explicarme de una vez lo que está pasando?

Los demás se miraron entre sí por un instante, y al fin Honey-senpai lo tomó de la mano y lo arrastró a una de las mesas, seguido por Mori-senpai como de costumbre.

–¡Vamos a comer una torta, Tama-chan! –le dijo– Y a tener una laaarga charla.

Después de bastante rato y un escándalo considerable de parte de Tamaki, al fin quedó clara la situación. Y entonces fue el turno de la segunda pregunta obvia.

–¿POR QUÉ NADIE ME DIJO NADA?

–No pensé que estuviera bien meterme en los asuntos personales de los demás, senpai –dijo Haruhi, encogiéndose de hombros.

–Estuve tratando de hacértelo notar desde el primer día –afirmó Kyouya.

–¡Deberías habérmelo dicho directamente!

–No debería haber dicho nada –protestó Hikaru, frunciendo el ceño–. Eso es trampa, Kyouya-senpai.

–¿… trampa?

–Influye en el resultado de nuestras apuestas –explicó Kaoru.

–¡KYOUYA!

–Yo no participé –replicó él, con toda tranquilidad–. Simplemente arbitré las apuestas de ellos dos.

–¿Y quién ganó? –preguntó Haruhi.

–Nadie. Hikaru afirmó que tardaría otras dos semanas en darse cuenta, y Kaoru pensó que serían tres.

–¡Ey, eso quiere decir que gané! ¡Yo estuve más cerca!

–¡Claro que no! ¡Apostamos a la fecha exacta!

–¿Podemos volver al tema? ¿Y qué excusa tienen ustedes? –exclamó Tamaki, volviéndose hacia Honey-senpai y Mori-senpai.

–Pensamos que era importante que te dieras cuenta solo, Tama-chan. Pero… ya se está poniendo un poquito complicado, ¿no?

Tamaki no tuvo nada que criticarle a eso, por más que le hubiera gustado. Por un momento se quedó en silencio, molesto con sus amigos insensibles y abrazando a Kuma-chan como si fuera el último rastro de cordura en el universo. Esto no estaba nada bien. Nekozawa-senpai era… raro, y era muy tétrico y daba algo de miedo y le gustaban muchas cosas horribles, pero no era una mala persona. Y tenía que estar muy desesperado para raptar a un osito indefenso.

Iba a tener que hacer algo al respecto, se dijo. No podía dejar que las cosas siguieran así. Después de todo, él era el Rey del Host Club; se suponía que su belleza tenía que traer amor y felicidad al mundo, no una larga lista de maldiciones y secuestros de peluches. Pero, sobre todo, no debía entristecer a nadie. Él podía aceptar el amor de una persona, o rechazarlo caballerosamente, pero no lo podía ignorar.

Tenía que actuar. Y tenía que hacerlo enseguida.

* * *


Dejar a Kuma-chan junto a la entrada del salón de música no había sido tan difícil como Umehito había pensado. Tampoco irse sin que lo vieran había presentado mayores problemas. Lo que sí le estaba costando trabajo era decidir qué iba a hacer ahora.

Se demoró un rato en uno de los pasillos, sin saber bien qué hacer. Seguramente los demás lo esperaban en el club, pero no tenía muchos ánimos de ir allá para que le preguntaran cómo había salido todo. Aunque sabía que no podría evitarlos por mucho tiempo, no podía enfrentarlos ahora mismo. Después de todo lo que se habían esforzado… Decirles que el plan había fallado era una cosa; decirles que no se había atrevido a hacer nada era algo de lo que no se sentía capaz.

No se dio cuenta de cuánto tiempo había pasado distraído hasta que escuchó el ruido de unos pasos que se acercaban corriendo.

–¡Nekozawa-senpai!

Su primer impulso fue salir huyendo, pero era demasiado tarde para eso. Tamaki ya lo había alcanzado y lo sujetaba de un brazo, mientras con la otra mano aferraba a su estúpido oso.

–Nekozawa-senpai, esta vez fue demasiado lejos. No tenía por qué meter a Kuma-chan en esto.

Umehito estuvo a punto de recordarle que todo este asunto había comenzado con alguien aplastando cruelmente a Beelzenef, pero algo le decía que eso no iba a simplificar la discusión.

–No le hice nada a tu oso –dijo–. Y ya te lo devolví, ¿no?

–Eso no importa. No es la forma de conseguir lo que quiere.

–Ni siquiera sabes lo que quiero –murmuró él. Para su sorpresa, Tamaki lo miró con su mejor sonrisa ganadora.

–Claro que lo sé, senpai.

Umehito se quedó mirándolo por un instante, hasta que de pronto se dio cuenta de que eso no era exactamente una buena noticia.

–¿… lo sabías?

–Bueno, técnicamente Honey-senpai y Mori-senpai me lo explicaron hace cinco minutos –reconoció él en un murmullo, antes de volver a su actitud de Gran Rey una vez más– pero ése no es el punto. ¡No es el comportamiento apropiado para un príncipe!

–… qué.

–¿No es obvio? Todos esos trucos y secretos no sirven en el amor. ¡Un príncipe es siempre honesto, con los demás y consigo mismo! ¡Se enfrenta valientemente a cualquier situación aunque sepa que es una batalla sin esperanza!

… y todavía podía hablar así. ¿De dónde sacaba esas cosas? Era como si viviera en su propio mundo perfecto y feliz donde todos eran príncipes y princesas y nadie tenía malas intenciones. Ni defectos. Ni dudas.

Era adorable. Pero ese mundo era suyo, y Umehito sabía que no pertenecía a él. Al menos tenía razón con eso de “sin esperanza”.

–Está bien. Ya me rechazaste –suspiró–. ¿Me puedo ir ahora?

Ya había dado media vuelta para alejarse cuando Tamaki lo detuvo poniéndole una mano en el hombro.

–Yo no recuerdo haber rechazado a nadie –le dijo–. Vamos, senpai, ¿ni siquiera va a tratar de convencerme?

–… pero si eso estuve haciendo hasta ahora.

–¿… ah, sí?

Umehito asintió con la cabeza, sintiéndose algo avergonzado de pronto. Por un momento, Tamaki se quedó mirándolo con expresión pensativa.

–Pues no es muy bueno en eso –dijo, y de pronto su rostro se iluminó con una sonrisa–. ¡Necesita más práctica!

–Más… práctica.

–Claro. ¡Jamás hay que rendirse en el amor! Tiene que aprender a demostrar sus sentimientos de forma… bueno, de forma menos amenazadora, senpai.

Umehito se quedó mirándolo con incredulidad por un momento. Después levantó la mano en la que llevaba a Beelzenef y le pellizcó la mejilla.

–¿Esto te parece amenazador?

Tamaki asintió con una insistencia que sólo podía ser sincera. Umehito no pudo menos que sonreír. Y no lo soltó.

–Entonces creo que esto puede llegar a complicarse un poco.

–¿… d-de veras?

–Deberías ver tu expresión ahora.

–Se está divirtiendo demasiado, senpai –murmuró Tamaki. Ahora estaba haciendo pucheros, también. Umehito bajó la mano en un acto de gran nobleza y generosidad que no tenía absolutamente nada que ver con esos ojos de cachorrito pateado.

–No ves –dijo–, te dije que se iba a complicar.

Al principio, Tamaki asintió levemente, como si se hubiera convencido al fin de la dificultad del asunto. Pero enseguida volvió a su optimismo habitual, con pose exagerada y todo.

–Aún así, no debe rendirse, senpai –exclamó dramáticamente–. ¡El amor es algo maravilloso! Es como un rayo de… aaah, ésa no es una buena metáfora.

–Y es demasiado trillada de todas formas.

Por alguna razón, eso pareció espantarlo aún más que todo lo que había pasado hasta entonces.

–¿Trillada? ¿Trillada? ¿Y entonces qué queda para las capas y los candelabros y los gatos?

–¡Eso es atmósfera!

Por un momento se quedaron los dos sin decir nada, intercambiando miradas fulminantes y sin la menor intención de dar el brazo a torcer. Era imposible saber cuánto iba a durar esa situación… hasta que, de repente, Tamaki se echó a reír.

–Ah… tal vez no somos tan diferentes después de todo, senpai.

Esa no era exactamente la reacción que había esperado, pero no iba a quejarse por eso. Al contrario. Era bastante prometedor. No pudo evitar sonreír un poco, e iba a responder cuando algo nuevo lo distrajo: un ruido extraño no muy lejos de donde estaban, una especie de murmullo. Umehito entrecerró los ojos y dejó escapar un suspiro de fastidio. Tenía que haberlo imaginado…

–Dame un momento –dijo, y se acercó hacia el lugar de donde provenía el sonido.

No tuvo que avanzar mucho. Apenas llegó al primer recodo del pasillo se oyó un repentino estruendo de pasos apresurados y, al asomarse por aquella esquina, se encontró con una serie de bultos muy sospechosos tratando de pasar desapercibidos detrás de una cortina. Era como si ni siquiera estuvieran intentando, a decir verdad.

–Estuvo lento, senpai –dijeron los gemelos, con las mismas amplias sonrisas de siempre, en cuanto descorrió los cortinajes–. ¿Distraído?

Umehito no se dignó a responder. Junto a esos dos pequeños engendros del mal, el resto de los hosts trataba de disimular el fracaso de su intento de espionaje con mayor o menor grado de dignidad. Tal vez fuera porque los demás estaban en peor situación que él, o quizás simplemente se trataba de que las últimas semanas habían terminado de quitarle la poca vergüenza que le quedaba, pero no se sintió demasiado escandalizado por eso. Era de esperarse, en realidad. Tamaki sí estaba haciendo drama ahora que se había dado cuenta de lo que sucedía, y juraba que la curiosidad desmedida de sus amigos era imperdonable (a pesar de que todo el mundo sabía que él solía hacer exactamente lo mismo acerca de cualquier cosa remotamente relacionada con Fujioka-kun). Pero eso también caía dentro de lo familiar y hasta predecible.

–Es algo decepcionante –dijo al fin, levantando unos cejas–. Pensé que podían ser un poco más… sutiles.

–El Club de Magia Negra tampoco parece dominar el arte de la sutileza, senpai –dijo Ootori-kun. Umehito estaba a punto de defender el honor y talento de sus amigos cuando vio con horror que Haninozuka-kun saludaba a alguien detrás de él.

–¡Kanazuki-chan! ¿También vinieron todos? –preguntó alegremente.

Umehito se dio media vuelta. El Club de Magia en su totalidad dio tres pasos hacia atrás.

–Ah… hola, senpai.

–Nos cansamos de esperar.

–Ya nos estábamos preocupando…

Antes de que pudiera siquiera pensar en qué iba a responderles, Ootori-kun se hizo cargo de la situación, acercándose a ellos con la mejor de sus sonrisas.

–Me alegra verlos a todos aquí –dijo cortésmente–. Así podremos discutir en detalle cómo se van a cubrir los gastos.

El espanto generalizado casi podía palparse en el aire. Hasta Haninozuka-kun parecía algo inquieto, y le dirigió una mirada de perrito triste a Kanazuki-kun como si fuera la última vez que la iba a ver… pero tampoco intentó rescatarla. Sin embargo, Umehito no tuvo tiempo de hacer nada por sus amigos, o al menos de decidir si quería hacerlo después de semejante interrupción. De pronto tenía un gemelo aferrado a cada brazo como una garrapata.

–No sé si ya había pensado en eso, senpai, pero debería saber que Su Alteza viene con todo el paquete.

–¿… q-qué?

–Ahora es parte de la familia. Y tenemos ritos de iniciación muy duros…

–¿No es suficiente con todo esto? –preguntó Fujioka-kun.

Umehito asintió furiosamente. Aunque estaba claro que lo decía sólo para hacer honor a la verdad y no por defenderlo a él, tampoco iba a desperdiciar la oportunidad. En todo caso, el comentario de Fujioka-kun pareció regresar a la realidad a Tamaki, que había pasado el último rato a su lado llorándole sus penas.

–¡Nada de eso! –exclamó– Ya hicieron lo suficiente para arruinar nuestro momento dramático. Estábamos en medio de algo importante.

–Es que son demasiado lentos, senpai.

–Si los dejamos solos van a tardar tres semanas más.

–¿Me van a soltar en algún momento?

Por supuesto, lo único que consiguió fue que lo sujetaran más fuerte.

–¡Es el comienzo de una gran amistad, senpai!

Umehito dejó escapar un suspiro. Decir que se había metido en un lío era poco; esto era nada menos que caos. Se suponía que era el tipo de cosas que debían solucionarse entre dos personas… y allí había doce. Doce. Hubiera sido desesperante si no fuera tan ridículo.

Y si no hubiera salido, a pesar de todo, tan bien.

Fujioka-kun consiguió distraer a los gemelos al fin; Haninozuka-kun y Morinozuka-kun trataban en vano de evitar que Ootori-kun hiciera una masacre con el resto del Club de Magia. Umehito y Tamaki se quedaron, si no solos, al menos sin nadie demasiado cerca.

–Erm –dijo Umehito–. Bueno.

–Podría haber sido peor.

–Mucho peor.

–Ahá.

–¿… no estás enojado?

–Claro que no. Fue algo muy valiente, senpai.

–Entonces…

–No veo por qué no.

–Bien.

Umehito sonrió un poco. Tamaki le devolvió la sonrisa. Y en ese preciso instante se oyó un chillido agudísimo.

–¡Maravilloso! ¡Todo tiene sentido ahora! ¡Una nueva historia real para el Diario Moe Moe!

… por otro lado, tal vez aún no fuera demasiado tarde para cambiar de idea.