ext_15321 (
laurus-nobilis.livejournal.com) wrote in
fractal_mirrors2008-10-17 04:46 pm
De cómo el Príncipe de las Sombras luchó incansablemente para obtener el favor del Rey Sol [Ouran]
Título: De cómo el Príncipe de las Sombras luchó incansablemente para obtener el favor del Rey Sol (parte 1 de 3)
Rating: G
Género: Humor / romance
Parejas: Nekozawa/Tamaki, con algo de Honey/Reiko por ahí.
Personajes: Nekozawa, Tamaki, todo el Host Club, todo el Club de Magia Negra, Kirimi, muñecos varios.
Palabras: 7962
Summary: Umehito tiene grandes planes. Tamaki parece ser inmune a las maldiciones. El resto del universo cree que tiene el derecho... no, el deber de opinar.
Notas: Para
sha_chan. ♥ La pareja es culpa suya. Del largo sólo puedo culpar a lo imposible que es hacer callar hasta a los extras en esta serie. Como de costumbre conmigo, es mucho más humor que romance. Manga canon porque el Club de Magia es amor. Y creo que CCS fue parte de la "educación" de Kirimi (sí, hay príncipes en CCS, y la idea pega con Ouran y todo).
Además: 19 PÁGINAS Y MEDIA EN WORD. ME MEREZCO UN PREMIO. Es tan largo que no me deja subirlo en menos de tres posts; la separación es más por "hasta dónde me deja postear" que otra cosa porque igual se supone que es un one-shot.
De cómo el Príncipe de las Sombras luchó incansablemente
para obtener el favor del Rey Sol
Aún era temprano, pensó Umehito, mientras apagaba una a una las velas que habían usado durante la reunión. Técnicamente, no tenía nada más que hacer en la escuela, pero no tenía mucho sentido regresar a casa a esta hora. Todavía podía divertirse un poco. Lo más probable era que el Host Club siguiera en plena sesión. Sólo era cuestión de ir a ver y…
–¿Nekozawa-senpai?
No pudo evitar sobresaltarse un poco; Kanazuki-kun tenía talento. Los demás ya se habían ido, pero ella seguía de pie en medio del salón, sosteniendo un libro entre las manos.
–¿Qué sucede?
–Creo que esto le podría servir.
Extendió el libro hacia él, y Umehito pudo ver claramente su título: Mil y un hechizos para atrapar a tu príncipe. De pronto se encontró preguntándose si la capucha servía para disimular el rubor al menos un poco.
–No creí que fuera tan obvio… –suspiró al cabo de un momento.
–Los chicos no se dieron cuenta, me parece. Pero yo ya pasé por algo así.
–… ah.
–No lo entendí muy bien en ese momento –continuó ella– pero me ayudó mucho que les hiciera notar lo que pasaba realmente. Por eso… sólo quería devolver el favor. Aunque no soy muy buena para estas cosas.
Umehito se quedó mirándola por un momento, sorprendido. Entonces sí se había dado cuenta de eso… Es cierto que no se había enojado con él por tomar sus pertenencias sin permiso, pero había creído que era porque estaba demasiado contenta con el resultado como para molestarse. Kanazuki-kun no hablaba mucho sobre ese tipo de cosas.
Estaba pensando demasiado, decidió al fin. Simplemente tomó el libro y le sonrió.
–Gracias –dijo–. Estoy seguro de que ayudará.
Kanazuki-kun le devolvió la sonrisa, y de alguna manera le pareció que eso ya era un buen comienzo.
* * *
–¿Rosas negras? –exclamó Tamaki, horrorizado– ¿Quién encargó rosas negras?
–Nadie –respondió Kyouya, que miraba el ramo, si no con curiosidad, al menos con un leve interés–. Y tampoco parece el tipo de cosas que suelen enviar las fans. Hmm…
–¿Hmm? ¿Eso es todo lo que vas a decir?
–Aunque te resulte difícil creerlo, Tamaki, no tengo todas las respuestas.
–Bah, tampoco es tan grave.
–Las tiramos y listo.
–No podemos hacer eso –replicó Haruhi, frunciendo el ceño ante la sugerencia de los gemelos–. No sabemos de quién son. Alguien las encargó, aunque nos hayan llegado a nosotros por error.
–Pero tampoco podemos quedárnoslas aquí, al menos a la vista –dijo Kyouya–. No van con el resto de la decoración.
–¡Es cierto! ¿Qué van a pensar nuestras invitadas si entran al salón y ven esto? –exclamó Tamaki, mientras sacudía una de las susodichas flores justo frente a los ojos de Haruhi. No parecía demasiado impresionada. Tal vez fue por eso que él exageró un poco su entusiasmo al sujetar el tallo– ¡Aargh! ¡Y tienen espinas!
–No se va a desangrar por eso, senpai –murmuró Haruhi.
–¿Pero no te das cuenta de lo terrible que sería si le sucediera a una chica? Ofrecer una rosa, y causarle una herida…
–¿… herida?
–¡Sería el fin de nuestra reputación!
–No podemos permitirnos el menor inconveniente –afirmó Kyouya, poniéndose de su lado para variar–. Incluso una pequeñez como ésa causaría una mala impresión.
–Podemos esconderlas hasta que se vayan todos, Tama-chan.
–¡Buena idea, senpai! Y después averiguaremos a quién le pertenecen en realidad…
–Eso no será necesario –dijo una voz detrás de él. Antes de que pudiera reaccionar, Nekozawa-senpai estaba respirándole en la nuca, y había tomado la rosa que sostenía hasta hacía un momento–. Kanazuki-kun las encargó para decorar nuestro humilde santuario.
–Es curioso que hayan llegado al club equivocado –dijo Kyouya.
–Un error inadmisible –coincidió Nekozawa-senpai–. Confundir a nuestro club con una vulgar reunión social como ésta… Es una completa falta de respeto, ¿verdad?
Tamaki no respondió. Estaba demasiado ocupado tratando de ignorar tanto a la sonrisa maligna que brillaba justo a su izquierda como al horrible muñeco que pellizcaba su mejilla derecha. Mientras Hikaru y Kaoru se preguntaban no tan por lo bajo a quiénes se les estaba faltando el respeto realmente, fue Kyouya quien se hizo cargo de la situación, como de costumbre.
–Tendré que pedirle que se las lleve antes de que llegue nuestra clientela, senpai.
–Por supuesto. Nuestra princesa está esperándolas con ansias…
Y antes de que alguien tuviera tiempo de responder, había desaparecido con las rosas. Los gemelos intercambiaron una mirada significativa.
–Bueeeeno. Eso fue…
–¿Sospechoso?
–Mucho.
–Más que de costumbre.
–Y dudo mucho que haya sido un error –dijo Kyouya, acomodándose los anteojos.
–Entonces… ¿era una maldición? ¿ME PINCHÉ EL DEDO CON UNA ROSA MALDITA?
–Esas cosas sólo pasan en los cuentos… –suspiró Haruhi.
–Pero, Tama-chan, no son malos… Además, ahora Neko-chan es algo así como un amigo, ¿no? –dijo Honey-senpai, pensativo. Mori-senpai asintió gravemente.
–¡Eso no tiene nada que ver! –exclamó Tamaki, y señaló a los gemelos con un gesto de desesperación– ¡Ellos también son mis amigos y me torturan todo el tiempo!
–¡Es que es demasiado divertido para dejarlo!
–Esas reacciones no tienen precio.
–¿Cómo pueden hablarme así en un momento como éste?
–Este momento no tiene nada de diferente con ningún otro –intervino Haruhi una vez más–. Las maldiciones no existen, senpai.
–Eso lo vamos a ver cuando el Club de Magia me tenga atrapado en sus redes –dijo él, ofendido, y se fue a esconder a su esquina.
* * *
Kanazuki-kun ya lo estaba esperando cuando entró a la sala del club. Se había mostrado decidida a ayudarlo con esto y, por más que costara admitirlo, Umehito era consciente de que iba a necesitar toda la ayuda posible. Aún así, no les había dicho nada a los demás, y no tenía intención de hacerlo al menos por el momento (estaba desarrollando un gran talento para ignorar las indirectas y las miradas significativas de Kanazuki-kun al respecto). Por esa razón, en lugar de quedarse un rato más tarde después de la sesión del club y atraer las preguntas del resto, había decidido que lo mejor era llegar temprano y ocuparse de estas cosas antes de que comenzara la reunión.
–¿Funcionó, senpai? –le preguntó ella en cuanto lo vio. Umehito sonrió triunfalmente y le presentó la rosa con la que Tamaki se había pinchado.
–Claro que sí. Son tan predecibles…
–Entonces sólo falta esperar a que haga efecto –dijo Kanazuki-kun–. Aunque tampoco estaría demás intentar algunas otras cosas, mientras tanto. Hay mucho material en ese libro.
Había muchos ejemplos ahí, eso era cierto. Y la mayoría eran el tipo de cosas que solamente se creerían las chicas de doce o trece años a las que realmente iba dirigido. Pero no tenía corazón para decirle eso a Kanazuki-kun y, de todas formas, cumplían gran parte de su objetivo incluso sin necesidad de magia: era una interminable lista de excusas para pasearse por el Host Club y acaparar la atención de Tamaki al menos por un rato. No era que no lo hiciera desde antes, por supuesto, pero… ahora tenía algo más de variedad sin necesidad de perder tiempo en inventarse razones.
Además, no perdía nada con intentarlo. Era cierto que esos hechizos no se veían demasiado convincentes, pero uno nunca sabe. La intención detrás de ellos ciertamente estaba ahí. Eso tenía que servir para algo.
–Estaba pensando en seguir con el plan para hechizar el oso. Eso tiene que dar resultados interesantes –respondió, dejándose caer sobre uno de los sillones. Y era cierto; ni siquiera era necesario preguntarse si iba a funcionar o no. Sólo con imaginarse la expresión que iba a poner Tamaki le bastaba para encontrarse totalmente incapaz de contener una sonrisa desvergonzada. No cabía duda de que valdría la pena, más allá de lo que tuviera o no de cierto.
Kanazuki-kun, que parecía dispuesta a tomarse todo este asunto de manera mucho más profesional, tardó unos segundos en dar su opinión.
–Es un poco llamativo –dijo al fin–. ¿No convendría guardarlo para más adelante?
–Supongo que sí –tuvo que reconocer, muy a su pesar. Tal vez tuviera razón… tenían que ser un poco más sutiles por ahora. Ya habría tiempo para grandes demostraciones–. ¿Entonces crees que deberíamos quedarnos en cosas más simples por el momento?
–Así es, senpai. Pero hay otra cosa que necesitamos hacer antes.
–¿Algo más? –preguntó. Kanazuki-kun asintió levemente y extendió la mano hacia él.
–Tenemos que terminar con el hechizo de hoy, ¿verdad?
Umehito parpadeó un par de veces, confundido, y siguió su mirada. Sólo entonces se dio cuenta de que aún no había soltado la rosa.
Todo este asunto, reflexionó, iba a ser muy malo para su imagen.
* * *
No importaba que los demás le dijeran que exageraba o que sólo estaba siendo supersticioso. Tamaki sentía, sabía y podía demostrar que los días siguientes al incidente con las rosas del Club de Magia no eran más que una larga cadena de sobresaltos y maldiciones. A medida que los días se iban convirtiendo en semanas, uno a uno tuvieron que ir admitiendo que algo de razón tenía, al menos en cuanto a los hechos. Por alguna razón seguían insistiendo en que no había ninguna magia de la cual preocuparse.
Pero si eso era cierto, ¿cómo explicaban la terrible mala suerte que tenía desde entonces? Era como si no pudiera dar un paso sin encontrarse a Nekozawa-senpai o a uno de sus trucos. Estaba en todas partes. Y siempre había algo nuevo de qué horrorizarse. Ya había deslizado uno de esos espantosos muñecos en su mochila, escrito cosas en algún alfabeto extraño en sus cuadernos, y hasta se las había arreglado para agregar un panecillo que el mismo había hecho en la bandeja de su almuerzo (y era tan espantoso que ni siquiera necesitaba maldiciones; estaba más que claro que había sido la primera vez en su vida que se había acercado a una cocina). A veces le devolvía alguna pertenencia que "casualmente" había "encontrado" y que quién sabe qué maldiciones traía encima ahora.
Su último ataque había consistido en impregnar todas sus cosas con el aroma fuerte y dulzón de unas velas que llevaba en su acostumbrado candelabro. Y a todo el club, también. Ni la ventilación ni el perfume de los arreglos florales alcanzaban para sacarlo del ambiente, las invitadas estaban por llegar, Honey-senpai protestaba porque no se podía comer así, Haruhi se veía como si estuviera al borde de las náuseas a pesar de que se había ido cerca de una ventana, y Kyouya parecía dispuesto a asesinar a alguien.
Nekozawa-senpai había huido velozmente antes de tener que lidiar con las consecuencias, por supuesto. Pero, a juzgar por la situación general y sobre todo por la mirada de su mejor amigo, a Tamaki no le hubiera sorprendido que sufriera algún misterioso accidente después de esto.
–¿Y ahora cómo arreglamos esto? –exclamó, mientras se agarraba la cabeza en actitud desesperada y daba vueltas por todo el salón– ¿Qué van a decir nuestras invitadas? ¡Se van a desmayar!
–Vamos, Alteza, no es para tanto. Si algunas hasta usan perfumes más horribles que éste.
–Pero es tan fuerte y no se va –se quejó Haruhi, que ya había abierto la ventana y sacado la cabeza afuera–. ¿Qué tenían esas velas?
–Mejor no saber –respondieron los gemelos sabiamente.
–¿Entonces cómo lo vamos a solucionar? –insistió ella– Tenemos que saber qué es.
–Nah, no hace falta. Solamente hay que taparlo con un olor más fuerte.
–Es más… ya se me ocurre cómo.
–¡Ah, no, nada de ideas raras! –dijo Haruhi, dándose vuelta tan rápido y con tal expresión que las sonrisas peligrosas de Hikaru y Kaoru se desvanecieron inmediatamente.
–¿Qué pasa? ¿Te estás convirtiendo en Kyouya-senpai?
–Cualquier cosa que ustedes hagan sólo va a ser peor. Y no tengo ganas de meterme en un problema todavía más grande.
–Hay que airear más la habitación –dijo Honey-senpai, y junto con Mori-senpai se puso a abrir el resto de las ventanas a toda velocidad. Esa estrategia tampoco tuvo mucho éxito.
Mientras los demás seguían debatiendo acerca de la mejor forma de deshacerse de la pesada fragancia de las velas, Kyouya le hizo un gesto disimulado a Tamaki con la cabeza, como para llamarlo aparte un momento. Éste se acercó, confundido.
–¿Qué sucede? –preguntó. Su amigo se veía tan serio que era un poco preocupante.
–Si esto sigue así, va a terminar por afectar a las finanzas del club –le dijo– y demás está decir que no podemos permitir eso. Sería hora de que hagas algo al respecto, Tamaki.
–¿Yo? ¡Pero si yo soy la víctima aquí! No es mi culpa que Nekozawa-senpai sea tan raro. Y además, ¿qué puedo hacer?
–Esa tiene que ser tu decisión. Pero creo que a todos nos conviene que esto se solucione pronto.
Tamaki sólo se quedó mirándolo mientras se alejaba, y tratando de entender de una vez por todas qué estaba pasando. No funcionó.
* * *
Umehito no pudo contener un suspiro de cansancio al dejarse caer sobre el asiento, y escondió la cabeza entre los brazos apoyados sobre el escritorio. Todo esto estaba saliendo mal. Muy, muy mal. ¿Cómo era posible que alguien fuera tan lento? Tamaki no se daba por enterado de lo que estaba pasando, o incluso, le parecía a veces, siquiera de que estaba pasando algo. Era frustrante.
Y tal vez algo adorable. Pero frustrante, sobre todo frustrante.
–¿Sucede algo malo, senpai?
La nueva voz lo distrajo de sus pensamientos y ladeó un poco la cabeza, mirando con un solo ojo a su compañera.
–Kanazuki-kun, llegaste temprano…
–¿Es por Haninozuka-senpai? No tiene que preocuparse por eso.
–¿… ah?
–Creo que sospecha algo –explicó ella–. Me preguntó si lo veía más… entusiasmado últimamente. Le dije que estábamos trabajando en un proyecto especial. Pero…
–¿Pero qué?
–Si ése no era el problema –respondió ella, observándolo con algo de inquietud–, ¿qué es lo que pasó?
–Nada –suspiró él–. Precisamente. Ya son semanas, y no pasa nada.
–Hay que tener paciencia, senpai. Y seguir esforzándose.
–Eso ya lo sé. Es sólo que, bueno, me gustaría ver resultados. Aunque sea una pequeñez.
Kanazuki-kun se sentó a su lado y no dijo nada por un momento, pensativa. Al fin sonrió un poco, como si se le hubiera ocurrido algo.
–Tal vez sea el momento de pasar a planes más… elaborados.
–Tal vez –repitió él, sin demasiados ánimos. Era extraño; no hace mucho, ése era exactamente el tipo de cosas que le hubiera fascinado escuchar. Ahora sólo parecía capaz de ver el lado de malo de todo. Volvió a esconder el rostro entre los brazos, deprimido.
–¿… pero? –preguntó ella, al notar que tenía objeciones.
–Sería demasiado complejo para hacerlo sólo entre nosotros dos. Y si sale mal, sólo empeoraría las cosas…
–Entonces no lo hagamos sólo de a dos –respondió categóricamente–. ¿No va a decírselo a los demás, senpai?
Umehito se tomó su tiempo para contestarle a eso, sin siquiera levantar la cabeza del escritorio. ¿Decirles qué? ¿Que le gustaba otro chico? Y no cualquiera, tampoco, sino nada menos que el príncipe del Host Club. No podían ser más diferentes. Sabía que sus amigos nunca se imaginarían algo así. Y no estaba seguro de querer averiguar cuál iba a ser su reacción.
–No lo van a entender, Kanazuki-kun –murmuró al fin, todavía sin mirarla.
–Tal vez sí entiendan. No lo sabe, senpai –respondió ella–. Y estoy segura de que preferirían eso a pensar que no confía en ellos.
Eso sí ya tenía algo más de sentido, pensó. Dejando de lado el pequeño detalle de que no podía evitar imaginarse a Haninozuka-kun diciendo algo así (¿cuánto tiempo estaban pasando juntos?) no era un mal consejo.
–Mañana –prometió, y dejó escapar un pequeño suspiro–. Quiero pensar bien cómo, pero… mañana voy a decírselo. De alguna forma.
–Todo irá bien, senpai. Estoy segura. Y si a alguien le parece mal –agregó, con esa sonrisita peligrosa que sabía poner a veces– yo me encargo.
Umehito no pudo evitar reírse un poco, y le besó la mano después de una reverencia exagerada.
–Soy muy afortunado al tenerte de mi parte, Kanazuki-hime.
Ella sólo dejó escapar una risa leve y le devolvió la reverencia.
Rating: G
Género: Humor / romance
Parejas: Nekozawa/Tamaki, con algo de Honey/Reiko por ahí.
Personajes: Nekozawa, Tamaki, todo el Host Club, todo el Club de Magia Negra, Kirimi, muñecos varios.
Palabras: 7962
Summary: Umehito tiene grandes planes. Tamaki parece ser inmune a las maldiciones. El resto del universo cree que tiene el derecho... no, el deber de opinar.
Notas: Para
Además: 19 PÁGINAS Y MEDIA EN WORD. ME MEREZCO UN PREMIO. Es tan largo que no me deja subirlo en menos de tres posts; la separación es más por "hasta dónde me deja postear" que otra cosa porque igual se supone que es un one-shot.
para obtener el favor del Rey Sol
Aún era temprano, pensó Umehito, mientras apagaba una a una las velas que habían usado durante la reunión. Técnicamente, no tenía nada más que hacer en la escuela, pero no tenía mucho sentido regresar a casa a esta hora. Todavía podía divertirse un poco. Lo más probable era que el Host Club siguiera en plena sesión. Sólo era cuestión de ir a ver y…
–¿Nekozawa-senpai?
No pudo evitar sobresaltarse un poco; Kanazuki-kun tenía talento. Los demás ya se habían ido, pero ella seguía de pie en medio del salón, sosteniendo un libro entre las manos.
–¿Qué sucede?
–Creo que esto le podría servir.
Extendió el libro hacia él, y Umehito pudo ver claramente su título: Mil y un hechizos para atrapar a tu príncipe. De pronto se encontró preguntándose si la capucha servía para disimular el rubor al menos un poco.
–No creí que fuera tan obvio… –suspiró al cabo de un momento.
–Los chicos no se dieron cuenta, me parece. Pero yo ya pasé por algo así.
–… ah.
–No lo entendí muy bien en ese momento –continuó ella– pero me ayudó mucho que les hiciera notar lo que pasaba realmente. Por eso… sólo quería devolver el favor. Aunque no soy muy buena para estas cosas.
Umehito se quedó mirándola por un momento, sorprendido. Entonces sí se había dado cuenta de eso… Es cierto que no se había enojado con él por tomar sus pertenencias sin permiso, pero había creído que era porque estaba demasiado contenta con el resultado como para molestarse. Kanazuki-kun no hablaba mucho sobre ese tipo de cosas.
Estaba pensando demasiado, decidió al fin. Simplemente tomó el libro y le sonrió.
–Gracias –dijo–. Estoy seguro de que ayudará.
Kanazuki-kun le devolvió la sonrisa, y de alguna manera le pareció que eso ya era un buen comienzo.
–¿Rosas negras? –exclamó Tamaki, horrorizado– ¿Quién encargó rosas negras?
–Nadie –respondió Kyouya, que miraba el ramo, si no con curiosidad, al menos con un leve interés–. Y tampoco parece el tipo de cosas que suelen enviar las fans. Hmm…
–¿Hmm? ¿Eso es todo lo que vas a decir?
–Aunque te resulte difícil creerlo, Tamaki, no tengo todas las respuestas.
–Bah, tampoco es tan grave.
–Las tiramos y listo.
–No podemos hacer eso –replicó Haruhi, frunciendo el ceño ante la sugerencia de los gemelos–. No sabemos de quién son. Alguien las encargó, aunque nos hayan llegado a nosotros por error.
–Pero tampoco podemos quedárnoslas aquí, al menos a la vista –dijo Kyouya–. No van con el resto de la decoración.
–¡Es cierto! ¿Qué van a pensar nuestras invitadas si entran al salón y ven esto? –exclamó Tamaki, mientras sacudía una de las susodichas flores justo frente a los ojos de Haruhi. No parecía demasiado impresionada. Tal vez fue por eso que él exageró un poco su entusiasmo al sujetar el tallo– ¡Aargh! ¡Y tienen espinas!
–No se va a desangrar por eso, senpai –murmuró Haruhi.
–¿Pero no te das cuenta de lo terrible que sería si le sucediera a una chica? Ofrecer una rosa, y causarle una herida…
–¿… herida?
–¡Sería el fin de nuestra reputación!
–No podemos permitirnos el menor inconveniente –afirmó Kyouya, poniéndose de su lado para variar–. Incluso una pequeñez como ésa causaría una mala impresión.
–Podemos esconderlas hasta que se vayan todos, Tama-chan.
–¡Buena idea, senpai! Y después averiguaremos a quién le pertenecen en realidad…
–Eso no será necesario –dijo una voz detrás de él. Antes de que pudiera reaccionar, Nekozawa-senpai estaba respirándole en la nuca, y había tomado la rosa que sostenía hasta hacía un momento–. Kanazuki-kun las encargó para decorar nuestro humilde santuario.
–Es curioso que hayan llegado al club equivocado –dijo Kyouya.
–Un error inadmisible –coincidió Nekozawa-senpai–. Confundir a nuestro club con una vulgar reunión social como ésta… Es una completa falta de respeto, ¿verdad?
Tamaki no respondió. Estaba demasiado ocupado tratando de ignorar tanto a la sonrisa maligna que brillaba justo a su izquierda como al horrible muñeco que pellizcaba su mejilla derecha. Mientras Hikaru y Kaoru se preguntaban no tan por lo bajo a quiénes se les estaba faltando el respeto realmente, fue Kyouya quien se hizo cargo de la situación, como de costumbre.
–Tendré que pedirle que se las lleve antes de que llegue nuestra clientela, senpai.
–Por supuesto. Nuestra princesa está esperándolas con ansias…
Y antes de que alguien tuviera tiempo de responder, había desaparecido con las rosas. Los gemelos intercambiaron una mirada significativa.
–Bueeeeno. Eso fue…
–¿Sospechoso?
–Mucho.
–Más que de costumbre.
–Y dudo mucho que haya sido un error –dijo Kyouya, acomodándose los anteojos.
–Entonces… ¿era una maldición? ¿ME PINCHÉ EL DEDO CON UNA ROSA MALDITA?
–Esas cosas sólo pasan en los cuentos… –suspiró Haruhi.
–Pero, Tama-chan, no son malos… Además, ahora Neko-chan es algo así como un amigo, ¿no? –dijo Honey-senpai, pensativo. Mori-senpai asintió gravemente.
–¡Eso no tiene nada que ver! –exclamó Tamaki, y señaló a los gemelos con un gesto de desesperación– ¡Ellos también son mis amigos y me torturan todo el tiempo!
–¡Es que es demasiado divertido para dejarlo!
–Esas reacciones no tienen precio.
–¿Cómo pueden hablarme así en un momento como éste?
–Este momento no tiene nada de diferente con ningún otro –intervino Haruhi una vez más–. Las maldiciones no existen, senpai.
–Eso lo vamos a ver cuando el Club de Magia me tenga atrapado en sus redes –dijo él, ofendido, y se fue a esconder a su esquina.
Kanazuki-kun ya lo estaba esperando cuando entró a la sala del club. Se había mostrado decidida a ayudarlo con esto y, por más que costara admitirlo, Umehito era consciente de que iba a necesitar toda la ayuda posible. Aún así, no les había dicho nada a los demás, y no tenía intención de hacerlo al menos por el momento (estaba desarrollando un gran talento para ignorar las indirectas y las miradas significativas de Kanazuki-kun al respecto). Por esa razón, en lugar de quedarse un rato más tarde después de la sesión del club y atraer las preguntas del resto, había decidido que lo mejor era llegar temprano y ocuparse de estas cosas antes de que comenzara la reunión.
–¿Funcionó, senpai? –le preguntó ella en cuanto lo vio. Umehito sonrió triunfalmente y le presentó la rosa con la que Tamaki se había pinchado.
–Claro que sí. Son tan predecibles…
–Entonces sólo falta esperar a que haga efecto –dijo Kanazuki-kun–. Aunque tampoco estaría demás intentar algunas otras cosas, mientras tanto. Hay mucho material en ese libro.
Había muchos ejemplos ahí, eso era cierto. Y la mayoría eran el tipo de cosas que solamente se creerían las chicas de doce o trece años a las que realmente iba dirigido. Pero no tenía corazón para decirle eso a Kanazuki-kun y, de todas formas, cumplían gran parte de su objetivo incluso sin necesidad de magia: era una interminable lista de excusas para pasearse por el Host Club y acaparar la atención de Tamaki al menos por un rato. No era que no lo hiciera desde antes, por supuesto, pero… ahora tenía algo más de variedad sin necesidad de perder tiempo en inventarse razones.
Además, no perdía nada con intentarlo. Era cierto que esos hechizos no se veían demasiado convincentes, pero uno nunca sabe. La intención detrás de ellos ciertamente estaba ahí. Eso tenía que servir para algo.
–Estaba pensando en seguir con el plan para hechizar el oso. Eso tiene que dar resultados interesantes –respondió, dejándose caer sobre uno de los sillones. Y era cierto; ni siquiera era necesario preguntarse si iba a funcionar o no. Sólo con imaginarse la expresión que iba a poner Tamaki le bastaba para encontrarse totalmente incapaz de contener una sonrisa desvergonzada. No cabía duda de que valdría la pena, más allá de lo que tuviera o no de cierto.
Kanazuki-kun, que parecía dispuesta a tomarse todo este asunto de manera mucho más profesional, tardó unos segundos en dar su opinión.
–Es un poco llamativo –dijo al fin–. ¿No convendría guardarlo para más adelante?
–Supongo que sí –tuvo que reconocer, muy a su pesar. Tal vez tuviera razón… tenían que ser un poco más sutiles por ahora. Ya habría tiempo para grandes demostraciones–. ¿Entonces crees que deberíamos quedarnos en cosas más simples por el momento?
–Así es, senpai. Pero hay otra cosa que necesitamos hacer antes.
–¿Algo más? –preguntó. Kanazuki-kun asintió levemente y extendió la mano hacia él.
–Tenemos que terminar con el hechizo de hoy, ¿verdad?
Umehito parpadeó un par de veces, confundido, y siguió su mirada. Sólo entonces se dio cuenta de que aún no había soltado la rosa.
Todo este asunto, reflexionó, iba a ser muy malo para su imagen.
No importaba que los demás le dijeran que exageraba o que sólo estaba siendo supersticioso. Tamaki sentía, sabía y podía demostrar que los días siguientes al incidente con las rosas del Club de Magia no eran más que una larga cadena de sobresaltos y maldiciones. A medida que los días se iban convirtiendo en semanas, uno a uno tuvieron que ir admitiendo que algo de razón tenía, al menos en cuanto a los hechos. Por alguna razón seguían insistiendo en que no había ninguna magia de la cual preocuparse.
Pero si eso era cierto, ¿cómo explicaban la terrible mala suerte que tenía desde entonces? Era como si no pudiera dar un paso sin encontrarse a Nekozawa-senpai o a uno de sus trucos. Estaba en todas partes. Y siempre había algo nuevo de qué horrorizarse. Ya había deslizado uno de esos espantosos muñecos en su mochila, escrito cosas en algún alfabeto extraño en sus cuadernos, y hasta se las había arreglado para agregar un panecillo que el mismo había hecho en la bandeja de su almuerzo (y era tan espantoso que ni siquiera necesitaba maldiciones; estaba más que claro que había sido la primera vez en su vida que se había acercado a una cocina). A veces le devolvía alguna pertenencia que "casualmente" había "encontrado" y que quién sabe qué maldiciones traía encima ahora.
Su último ataque había consistido en impregnar todas sus cosas con el aroma fuerte y dulzón de unas velas que llevaba en su acostumbrado candelabro. Y a todo el club, también. Ni la ventilación ni el perfume de los arreglos florales alcanzaban para sacarlo del ambiente, las invitadas estaban por llegar, Honey-senpai protestaba porque no se podía comer así, Haruhi se veía como si estuviera al borde de las náuseas a pesar de que se había ido cerca de una ventana, y Kyouya parecía dispuesto a asesinar a alguien.
Nekozawa-senpai había huido velozmente antes de tener que lidiar con las consecuencias, por supuesto. Pero, a juzgar por la situación general y sobre todo por la mirada de su mejor amigo, a Tamaki no le hubiera sorprendido que sufriera algún misterioso accidente después de esto.
–¿Y ahora cómo arreglamos esto? –exclamó, mientras se agarraba la cabeza en actitud desesperada y daba vueltas por todo el salón– ¿Qué van a decir nuestras invitadas? ¡Se van a desmayar!
–Vamos, Alteza, no es para tanto. Si algunas hasta usan perfumes más horribles que éste.
–Pero es tan fuerte y no se va –se quejó Haruhi, que ya había abierto la ventana y sacado la cabeza afuera–. ¿Qué tenían esas velas?
–Mejor no saber –respondieron los gemelos sabiamente.
–¿Entonces cómo lo vamos a solucionar? –insistió ella– Tenemos que saber qué es.
–Nah, no hace falta. Solamente hay que taparlo con un olor más fuerte.
–Es más… ya se me ocurre cómo.
–¡Ah, no, nada de ideas raras! –dijo Haruhi, dándose vuelta tan rápido y con tal expresión que las sonrisas peligrosas de Hikaru y Kaoru se desvanecieron inmediatamente.
–¿Qué pasa? ¿Te estás convirtiendo en Kyouya-senpai?
–Cualquier cosa que ustedes hagan sólo va a ser peor. Y no tengo ganas de meterme en un problema todavía más grande.
–Hay que airear más la habitación –dijo Honey-senpai, y junto con Mori-senpai se puso a abrir el resto de las ventanas a toda velocidad. Esa estrategia tampoco tuvo mucho éxito.
Mientras los demás seguían debatiendo acerca de la mejor forma de deshacerse de la pesada fragancia de las velas, Kyouya le hizo un gesto disimulado a Tamaki con la cabeza, como para llamarlo aparte un momento. Éste se acercó, confundido.
–¿Qué sucede? –preguntó. Su amigo se veía tan serio que era un poco preocupante.
–Si esto sigue así, va a terminar por afectar a las finanzas del club –le dijo– y demás está decir que no podemos permitir eso. Sería hora de que hagas algo al respecto, Tamaki.
–¿Yo? ¡Pero si yo soy la víctima aquí! No es mi culpa que Nekozawa-senpai sea tan raro. Y además, ¿qué puedo hacer?
–Esa tiene que ser tu decisión. Pero creo que a todos nos conviene que esto se solucione pronto.
Tamaki sólo se quedó mirándolo mientras se alejaba, y tratando de entender de una vez por todas qué estaba pasando. No funcionó.
Umehito no pudo contener un suspiro de cansancio al dejarse caer sobre el asiento, y escondió la cabeza entre los brazos apoyados sobre el escritorio. Todo esto estaba saliendo mal. Muy, muy mal. ¿Cómo era posible que alguien fuera tan lento? Tamaki no se daba por enterado de lo que estaba pasando, o incluso, le parecía a veces, siquiera de que estaba pasando algo. Era frustrante.
Y tal vez algo adorable. Pero frustrante, sobre todo frustrante.
–¿Sucede algo malo, senpai?
La nueva voz lo distrajo de sus pensamientos y ladeó un poco la cabeza, mirando con un solo ojo a su compañera.
–Kanazuki-kun, llegaste temprano…
–¿Es por Haninozuka-senpai? No tiene que preocuparse por eso.
–¿… ah?
–Creo que sospecha algo –explicó ella–. Me preguntó si lo veía más… entusiasmado últimamente. Le dije que estábamos trabajando en un proyecto especial. Pero…
–¿Pero qué?
–Si ése no era el problema –respondió ella, observándolo con algo de inquietud–, ¿qué es lo que pasó?
–Nada –suspiró él–. Precisamente. Ya son semanas, y no pasa nada.
–Hay que tener paciencia, senpai. Y seguir esforzándose.
–Eso ya lo sé. Es sólo que, bueno, me gustaría ver resultados. Aunque sea una pequeñez.
Kanazuki-kun se sentó a su lado y no dijo nada por un momento, pensativa. Al fin sonrió un poco, como si se le hubiera ocurrido algo.
–Tal vez sea el momento de pasar a planes más… elaborados.
–Tal vez –repitió él, sin demasiados ánimos. Era extraño; no hace mucho, ése era exactamente el tipo de cosas que le hubiera fascinado escuchar. Ahora sólo parecía capaz de ver el lado de malo de todo. Volvió a esconder el rostro entre los brazos, deprimido.
–¿… pero? –preguntó ella, al notar que tenía objeciones.
–Sería demasiado complejo para hacerlo sólo entre nosotros dos. Y si sale mal, sólo empeoraría las cosas…
–Entonces no lo hagamos sólo de a dos –respondió categóricamente–. ¿No va a decírselo a los demás, senpai?
Umehito se tomó su tiempo para contestarle a eso, sin siquiera levantar la cabeza del escritorio. ¿Decirles qué? ¿Que le gustaba otro chico? Y no cualquiera, tampoco, sino nada menos que el príncipe del Host Club. No podían ser más diferentes. Sabía que sus amigos nunca se imaginarían algo así. Y no estaba seguro de querer averiguar cuál iba a ser su reacción.
–No lo van a entender, Kanazuki-kun –murmuró al fin, todavía sin mirarla.
–Tal vez sí entiendan. No lo sabe, senpai –respondió ella–. Y estoy segura de que preferirían eso a pensar que no confía en ellos.
Eso sí ya tenía algo más de sentido, pensó. Dejando de lado el pequeño detalle de que no podía evitar imaginarse a Haninozuka-kun diciendo algo así (¿cuánto tiempo estaban pasando juntos?) no era un mal consejo.
–Mañana –prometió, y dejó escapar un pequeño suspiro–. Quiero pensar bien cómo, pero… mañana voy a decírselo. De alguna forma.
–Todo irá bien, senpai. Estoy segura. Y si a alguien le parece mal –agregó, con esa sonrisita peligrosa que sabía poner a veces– yo me encargo.
Umehito no pudo evitar reírse un poco, y le besó la mano después de una reverencia exagerada.
–Soy muy afortunado al tenerte de mi parte, Kanazuki-hime.
Ella sólo dejó escapar una risa leve y le devolvió la reverencia.
